Astrología

viernes, 4 de julio de 2014

Cuando el hombre es laberinto por Laurence Fritsch-Griffon.

   El camino comienza con un paso, el de la encarnación. Este primer paso es su primera huella. No se borra jamás, se transforma siempre, como las líneas de la mano. Cordón umbilical cortado, nosotros debemos devanar la madeja de nuestra vida a lo largo del laberinto de nuestro tema.





   ¿Habéis contemplado alguna vez el dibujo de vuestro horóscopo? ¿Habéis visto el camino que dibuja de planeta en planeta? ¿Habéis seguido el hilo  de vuestra vida a lo largo de los aspectos que forman entre sí?  ¿Donde comenzasteis a tejer vuestra tela? ¿Donde nacisteis en el camino de las estrellas? El zodíaco comienza donde se ha nacido.

   Nacemos por así decirlo provisionalmente en alguna parte. Poco a poco componemos en nosotros mismos el lugar de nuestro origen, para nacer allí después, y cada día más definitivamente.
                                                                                     (Rainer Maria Rilke)

    "Engendrado no creado": solo la autocreación abre la vida. Es preciso tomar algún día en la mano el hilo de la propia vida y seguir tu camino de planeta en planeta.

    Se entra en la propia vida gracias a la luna que manifiesta la forma y los ciclos. Pues la luna nos hace nacer y morir también. En astronomía, la luna no tiene luz propia. Refleja la luz del sol, que no puede ser contemplada directamente.Y, por analogía, en astrología la luna no tiene luz propia, refleja los motivos del sol. Pues "lo que el sol emite, la luna lo transmite". En el plano simbólico, la luna del tema representa, pues, la cara iluminada de nosotros mismos. Al crear la polaridad, permite la expresión de la energía diferenciada, de la función básica que es el sol. En la luna de su tema, el peregrino ve su comportamiento cotidiano, la relación que mantiene con todo lo que se refiere al campo emocional. Se encarna en la luna y vive allí su cotidianidad, sus lunas nuevas y sus lunas llenas. Si el sol es nuestro modo de percibir la vida en un color global con la conciencia de una identidad y una función precisa, la luna es el teclado del tema donde el hombre toca, personalmente, la melodía y le insufla su ritmo.

   Las dos luminarias nos dan, juntas, la luz, pues es cierto que la energía necesita un transmisor para ser operativa. Del mismo modo, nuestro peregrino necesita al otro para poner a prueba y transformar su propia energía. Cuando el sol comprende, la luna aprende. El sol es el ser cuando la luna es el parecer. 

   Y el peregrino sigue de planeta en planeta modos de comportamiento específicos.

   Mercurio le revela su comportamiento en el plano intelectual y el modo cómo percibe mentalmente las cosas y la gente. Mercurio abre su boca, desata su lengua tras haber desatado su muñeca para unirla al otro de un modo concreto y tangible. Pero su carrera -de tres meses alrededor del sol y de un año alrededor del zodíaco- es a veces caótica y no deja de mostrar aceleraciones o retrocesos sucesivos.

   Mientras Mercurio conecta, Venus une al peregrino con los seres y las cosas y le revela su modo de comportamiento en el plano afectivo. Venus es el imán del cielo que magnetiza y atrae. Y si es, en efecto, la amante del peregrino, es también todo lo que le imanta, le atrae en el plano estético, filosófico incluso.

   Y Marte da la estocada. Pasa a la acción, contrarrestando eficazmente la potencia de abstracción venusiana. Pues Marte es para el peregrino su modo de acción. Expresa sus deseos, experimenta sus atractivos, permite decir: "Estaba allí, lo he probado, conozco su sabor, conozco su dolor."

    Y luego el peregrino encuentra en los meandoros de su tema dos veteranos que no pueden separarse.

    Como el niño que baila a dos tiempos porque tiene dos pies, el peregrino imprime a su andadura un ritmo binario, en el que respira ya. Un peregrino de Compostela, Jacky, me dijo que esa respiración era perceptible en el camino de Marsella a Santiago con una alternancia de tres dias "yin" y tres días "yang". ¿Estará el camino de Santiago construido con el ritmo cósmico de un compás de seis/ocho?

    Volvarmos ahora a nuestros veteranos, no siempre simpáticos. Uno se llama Júpiter y el otro Saturno. El primero pisa el acelerador, el segundo el freno. Al peregrino le toca saber cuándo y cómo cambiar de velocidad y embragar o desembragar en la conducción de su vida.

   Júpiter es principio de expansión cuando Saturno es principio de retención. Júpiter es exteriorización cuando Saturno es concentración. Júpiter es multiplicación y amplificación cuando Saturno es restricción. Júpiter es crecimiento cuando Saturno es constancia. Saturno permite construir lo que Júpiter ha producido... a menos que lo destruya porque no tiene fiabilidad a largo plazo.

    El peregrino tiene aquí la primera experiencia verdadera del tiempo, pues Saturno es una lección de paciencia que es preciso saber aceptar para aprovechar plenamente las oportunidades ofrecidas por Júpiter, de cuyos excesos y desmesura hay que guardarse a menudo.

¡Paciencia, paciencia,
Paciencia en el azur!
¡Cada átomo de silencio
Es la oportunidad de un fruto maduro!

(Paul Valéry)

    Existen también tres grandes  planetas llamados "transaturnianos".

    Cuando el hombre ha comprendido en el septenario de qué esta hecho, cuando el peregrino ha avanzado al ritmo de los ciclos más o menos rápidos de los siete primeros "errantes", puede afrontar sus demonios, trascender su vida y tener acceso a la revelación, al tiempo que integra los ciclos históricos. Ésas son las funciones de Plutón, Neptuno y Urano.

   Urano, con un ciclo de ochenta y cuatro años, abre un campo más vasto al conocimiento del peregrino que entra así, a pie de plano, en el mundo de los desconocido, de lo fulgurante y de la revelación. Urano-Lucifer muestra al peregrino cómo es "portador de luz" y Neptuno lo eleva a un plano de otra naturaleza, mística tal vez, trascendente siempre. Pero en el agua de las ilusorias espirales del alcohol, la droga o las dependencias mentales, puede disolverse peligrosamente. Tras lo tangible uraniano, lo difuso neptuniano contiene una incertidumbre. Entonces Plutón da a nuestro peregrino la oportunidad de realizar su vida o de estropearla. Reja de arado que le labra hasta el fondo de sí mismo, Plutón hace surgir los instintos de supervivencia y todas las emociones reprimidas. Plutón destripa, exprime y pone al desnudo -de buen o mal grado- para morir a uno mismo. Es el punto de crisis, de descenso a los infiernos pero también de regeneración posible. Pues, también aquí, la semilla preexiste al germen y en el interior del cuerpo y del afecto preexiste el germen del hombre maduro. Tras la esperanza de  trascendencia de Neptuno, que nos arrastra hacia las alturas celestiales, Plutón nos lleva  hacia las profundidades de nuestro inconsciente, en el seno de una espiral donde dos energía operan simultáneamente. La primera vuelve su mirada hacia el porvenir, mientras la segunda tiene ojos en la espalda para mejor referirse al pasado. Pero en todo caso, Plutón rima con transmutación.

   Y luego, por fin, en el fondo de esa caverna de nosotros mismos, hay una luz, una luna; negra. En términos astronómicos, es el segundo foco de la órbita lunar en su apogeo. En términos simbólicos, es el reverso del espejo, el fondo del ojo donde va a reflejarse la luz exterior para ser devuelta por la mirada. Es, del positivo de la foto, apariencia retocable, el negativo. Es la matriz, la ausencia y el sacrificio. Es lo que no se ve pero que pone a la luz. Es lo que no se oye pero que debe escucharse. Es la palabra perdida y la palabra pronunciada. Es luz penetrante e interiorizada, "lux" y "lucidez".

      La Luna negra no es lo indecible sino lo inefable. No es loq ue se dice sino lo que no puede decirse... sin duda porque habría que decir demasiado.
        (Aline Apostoloska, Mil y Mil Lunas)

    Y su ritmo, que extraño, está construido sobre el nuevo como una cantata de Bach. Al igual, por lo demás, que el del eje de los nodos lunares, eje de evolución y de liberación. En nueve años, la luna negra da una vuelta al zodíaco, tomando su medida completa. En nueve años el eje de los nodos lunares ha dado media vuelta sobre sí mismo; está suspendido por los pies, cabeza abajo. Su ojo ejerce en otro plano de la Realidad. 

   De planeta en planeta, de modo en modo, el peregrino camina por los vericuetos de su tema. Conectado por aspectos que corresponden a separaciones de orbe, los planetas le empujan como en un patio de recreo, del uno al otro. Y el peregrino, con los ojos vendados, titubea primero antes de encontrar la primera puerta. Despacio, progresivamente, reconoce el camino donde Mercurio le enviará a Neptuno o a Urano o también a Marte. Todo depende de su tema, único y sutil juego de la gallina ciega.

   En el tema de cada cual, las combinaciones difieren y en el tema de cada peregrino está inscrito el camino que le es necesario. Con el juego de los aspectos, los planetas tejen entre sí una red de energía que funciona más o menos armoniosamente: todo depende de las casas y los signos que ocupan en el tema natal, todo depende también de los puntos estratégicos de éste que van a estimular, despertar, tomar de la mano o desestabilizar a lo largo de su carrera entorno de la rueda zodiacal, a lo largo de toda la vida.

   Y también ahí la semilla preexiste al germen. En las rutas del tema natal está inscrito un camino. En las rutas del tema avanzado se traza la andadura. Y los "tránsitos" planetarios colocan los semáforos.

   Y el peregrino camina. Y la energía circula como la sangre por el cuerpo, donde se advierten zonas de bloqueo y fluidez, como los nervios llevan a sus más extremos recodos todas las informaciones que necesita, como los sonidos y las palabras de viaja boca a joven oído.

   Y el camino se teje cada día y a cada instante. Y el peregrino camina algo más deprisa, algo más lentamente. No importa, teje poco a poco la trama de su tema, el tejido de su vida gracias a la lanzadera. "Y la nave va.". Y la lanzadera es su viaje.

Extracto del libro LA INVITACIÓN A LAS ESTRELLAS Una dimensión espiritual de la astrología de Laurence Fristsch-Griffon. Dedico este texto a todos mis alumnos del pasado, presente y futuro.

   

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