Astrología

sábado, 4 de junio de 2011

Plutón en Libra

  Los planetas más lejanos en su tránsito por los signos del Zodíaco; Urano, Neptuno y Plutón. Al ser los más alejados de la Tierra, su movimiento aparente es extremadamente lento, de forma que el más rápido, Urano, tarda unos siete años en transitar solamente por un signo y 84 en dar la vuelta al Zodíaco. Neptuno tarda casi 14 en transitar cada signo y cerca de 166 años en dar la vuelta completa. Finalmente, el alejadísimo Plutón, de órbita irregular, puede llegar a tardar, en algunos casos, hasta casi 30 años en pasar por un solo signo y casi 247 en hacerlo por todo el Zodíaco. Debido a esta gran lentitud, el estudio de estos planetas no se puede abordar del mismo modo que hemos hecho con los anteriores, y que, en este caso, sus efectos se aprecian mucho más en el ámbito histórico o generacional que en el plano individual.

  Para ver mucho más claramente la influencia de estos planetas en el ámbito individual hay que estudiar su posición en las casas más que en los signos zodiacales, aunque al transitar por éstos marcan determinados periodos de la historia que tienen una características comunes.

  Solo en aquellas personas que tengan alguno de estos planetas ascendiendo o culminando, o formando una conjunción o en estrecho aspecto con el Sol, la Luna o el planeta regente de la carta, se podrán manifestar los efectos de estos tránsitos de modo individual y concreto y en algunas ocasiones en muy alto grado.

  Plutón estuvo en el signo de Libra entre 1972 y 1984, y si Libra es el signo del equilibrio y la armonía, aquí Plutón representaría una profunda crisis de todas estas cosas, conduciendo a la destrucción de las uniones y vínculos. En esos años entran en crisis las dos grandes superpotencias, Estados Unidos con la derrota de Vietnam, el gobierno débil de Jimmy Carter y la crisis de los rehenes de Irán, mientras que la Unión Soviética se descompone lentamente con el final del mandato de Leónidas Breznev y los breves mandatos de Andropov y Chernienko. También, con la llegada del pontificado de Juan Pablo II, entra en crisis la Iglesia abierta y dialogante del Concilio Vaticano II, y algo parecido ocurre en el islam con la subida al poder de Jomeini en Irán. El mundo entero se embarca en un proceso de radicalización y el entendimiento entre naciones y civilizaciones se hace cada más difícil; a su vez, llegan al poder líderes radicales y nacionalistas en Estados Unidos e Inglaterra. En 1973 se produce la guerra del Yom Kippur entre árabes e israelíes, que acarreará una grave crisis del precio del petróleo que hunde las economías occidentales; en estos años, se pasa de la apertura optimista de los años setenta a la cerrazón pesimista de los ochenta. En España muere Franco y llega la difícil y peligrosa transición a la democracia. La generación nacida bajo este tránsito es terriblemente individualista y tiene un sentido radical de la justicia; rechaza las uniones basadas en la igualdad y tiende a dominar a sus semejantes y ponerlos bajo su yugo. Esta posición favorece profundas crisis en las relaciones, así como divorcios y separaciones.

El horror de la guerra de Vietnam de la cual no salieron bien parados los Estados Unidos.

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